Hay falta de comunicación entre políticos y arquitectos

Jaime Lerner
Naciones Unidas le contrató como consultor de asuntos urbanos tras transformar su ciudad natal, Curitiba (Brasil). Ha sido la voz de la profesión en la Unión Internacional de Arquitectos entre 2002 y 2005

Se hace extraño observar cómo este urbanista de fisonomía y apellido polaco se expresa con un perfecto español y acento brasileño, aunque sus coordenadas vitales lo explican. De padres inmigrantes de Polonia, Jaime Lerner nació en Curitiba (Brasil), en 1937, ciudad a la que contribuyó a transformar tras ser elegido alcalde en tres ocasiones. Esto le valió el Premio de Medio Ambiente, concedido por la ONU en 1990. Después le llegarían otros, como el prestigioso World Tecnology Award for Transportation (2001) o el Sir Robert Mathew en 2002. Su secreto reside en suprimir cifras al presupuesto: «Si quieres creatividad quita un cero, si buscas sostenibilidad quita dos y si quieres solidaridad asume tu identidad respetando la diversidad«.

¿Qué papel ha jugado o debería haber jugado el arquitecto en esta crisis?

Deberían haber estado más preocupados por la ciudad. Si una nación no es generosa con sus ciudades, no lo es tampoco con su gente. La historia nos ha demostrado que siempre que se separa la actividad económica de los asentamientos humanos ocurre un desastre. La ciudad que separa sus funciones o divide a la gente por sus ingresos, edad o religión, no acaba siendo una ciudad humana. El rol de los que se ocupan de la ciudad, ya sean políticos, arquitectos o planificadores, necesita tener esto en mente. Es tiempo de sustituir la egoarquitectura por la ecoarquitectura.

Usted ha sido uno de los pocos arquitectos que se ha implicado en la primera línea de la política, ¿qué conclusión saca?

Creo que hoy hay una falta de comunicación entre políticos, arquitectos y la gente. Para paliar esto, habría que proponer una idea o un proyecto, y la gran mayoría debería entender que eso es lo deseable. De esta forma, todos ayudarían. En muchas ciudades del mundo no veo una visión clara, esto origina que no haya prioridades y que los emprendedores se transformen, al final, en simples especuladores.

¿Aplicó eso en Curitiba?

Sí. Desde el comienzo la gente sabía cuál era la propuesta para la ciudad: juntar vida, trabajo y ocio. No teníamos todas las respuestas, pero al mismo tiempo aprendí a que innovar era comenzar y dejar espacios para que la gente te corrija cuando tú no está en el camino correcto. Curitiba se ha convertido en una referencia porque conseguimos hacer el mayor número de transformaciones urbanas en poco tiempo.

¿Piensa que, si se transforma una ciudad, la gente puede cambiar?

Sin duda. Gran parte de las ciudades en el mundo están preparadas para los coches, en cambio, nosotros la diseñamos para la gente. En vez de pensar en un metro que suponía una gran inversión, estudiamos las características del metro (rapidez y frecuencia) para aplicarlo a la superficie. Como hacían falta 250 millones de dólares para la flota, decidimos hacer un ejercicio de corresponsabilidad. Proponer a las compañías privadas que invirtieran en la flota y pagarlas por kilómetro rodado. Gracias a la gran rotación de los pasajeros, que vivían y trabajaban en el mismo lugar, el proyecto se pago sólo. Hoy transporta a 2,3 millones de pasajeros y está implantado en 83 ciudades, de México, Bolivia, China, etc.

¿Qué les diría entonces a quienes se quejan de la falta de presupuesto para acometer ideas?

Que ni la escala, ni los recursos financieros son impedimentos para hacer nuevos proyectos. Hay que tener voluntad política, solidaridad, estrategia y sobre todo, saber montar un sistema de corresponsabilidad. Pero le voy a poner otro ejemplo: Río de Janeiro invirtió 800 millones de dólares para limpiar la Bahía. Nosotros no los teníamos, así que alcanzamos un acuerdo con los pescadores por el que les comprábamos la basura que nos traían. Así, si el día no era bueno para la pesca, cogían basura. Sus recursos aumentaron y la basura fue desapareciendo, al tiempo que aumentaba la pesca.

¿Cómo ve la gran urbe del siglo XXI?

Para mí, las ciudades no están bien. El mejor ejemplo de calidad de vida es la tortuga porque aglutina vida, trabajo y movimiento juntos. Si separáramos el caparazón del cuerpo provocaríamos lo que están ocurriendo en las ciudades: guetos de gente muy rica, con lugares muy pobres, poblaciones que viven aquí pero trabajan allá. Es necesario afrontar los tres grandes problemas, que son la movilidad, la sostenibilidad y la socio-diversidad o convivencia.

¿Y cómo se solucionan?

La mejor manera de integrar es a través de los niños. Hay que mezclar más. Cuanto más se mezcla, más humana es la ciudad.

¿Y el problema del tráfico?

Hay que promover una alternativa, pero para que la gente la utilice tiene que ser para mejor. Para itinerarios de rutina, se debería incentivar la utilización del transporte público, que en el caso de Madrid es muy bueno. Pero quienes todavía quisieran utilizar el coche para la última milla, podría ponerse en funcionamiento un sistema de coches en alquiler como las bicicletas. Ahora estoy implicado en el prototipo de este coche que presentaremos en Francia.

Menos estrellas y más constelación

Hace ocho años que dejó la política y ahora está plenamente dedicado a la arquitectura y a las ciudades. Asegura que se siente muy orgulloso de las estrellas que integran la profesión, pero confiesa que «se necesita más una constelación de arquitectos preocupados por las urbes».

Cree que cada arquitecto tiene una propuesta para su ciudad. En este sentido, afirma que «el mayor movimiento político que los arquitectos pueden hacer es proponer ideas, más que reuniones o asambleas, porque incluso aunque éstas no se desarrolle siempre darán origen a otras ideas». Aboga por un mayor compromiso del profesional con la sostenibilidad, «que no tiene tanto que ver con los materiales, sino con una ecuación entre lo que se ahorra y lo que se desperdicia».

Vía: Cinco Días, el 19/10/2010

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